En blanco vuelvo a la misma playa de siempre, a los mismos aromas y texturas que envuelven el alma de revoluciones y temblores. De prismas de arenillas, sales en el aire y nada por donde caminar, no hay más camino que el que va tras mis pies descalzos en la fría humedad que ha dejado la partida del mar… siempre regresa para arrugar el empeine.
Van pasando las horas, la noche se aproxima tímida y lenta, y aquí heme mirándola, esperando la neblina que va a querer inundar todos mis pensamientos; querrá pronto entrar por mis poros y como un golpe me hará caer y darme fuerte contra el cemento de arena, mas no lo hará para dañarme sino sólo para recostarme pese a mi terquedad, luego con ayuda de la briza y la sal en el aire me cerrará los ojos y no para dormirme. Me abrigara con la espuma del mar como un abrazo cálido iluminado por la tenue luz de luna, pronto nacerá y nos vigilara unas horas.
Ya ha pasado antes y ahora se retoma el cuento, la marea sube y el oleaje se vuelve agresivo ante miradas extrañas, mas la mía le revienta la espuma y abriendo la boca me traga, me arrastra entre rasguños de piedras y nácares, en breve reposo parpadeos me despiertan en un oscuro fondo, la luz se pierde y me lleva con ella a un nuevo viaje sin aromas de frío.

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